Un finde de auténtica cool experience

Desde Barcelona hasta Andorra apenas hay 200 kilómetros de distancia pero mucho tiempo para dar rienda suelta a tus sueños. Repasas mentalmente las imágenes que te han quedado en el subconsciente de las copiosas nevadas de los últimos días. Sueñas con pasar por medio de árboles sepultados en la nieve. Cuando te despiertas al llegar, descubres que no es un sueño, es tan real que lo puedes ver y tocar. Nos alojamos en el Hotel Rutllán a cuatro pasos mal contados del huevo de La Massana que nos subirá a las pistas de Pal. Estiber nos cuida y mucho. Toca descansar pues mañana será un día largo.

Powder sí. Mal tiempo, también

Con más legañas de las deseadas empezamos el día. El sonido del despertador nos recuerda por un momento a la desagradable rutina. Será tan solo un espejismo. Después de coger fuerzas con un suculento almuerzo en el mismo Rutllán nos plantamos en el epicentro de Pal en un abrir y cerrar de ojos. Las vistas desde La Massana no presagiaban unas condiciones meteorológicas ideales para un día de esquí. Y al llegar arriba se confirma. Esa niebla incipiente que impide una perfecta visibilidad. Una temperatura que transforma la nevada en pura humedad con el solo contacto con la ropa. ¡Pero para unos enfermos de la nieve como nosotros no había excusas que valieran!

Y en Vallnord no se están de nada. El mismísimo director de la estación, Martí Rafael, nos recibe y se ofrece a darnos un paseo por la preciosa estación de Pal, que junto con Arinsal y Arcalís conforman el dominio andorrano de Vallnord. Esquiar entre árboles es una gozada y más si es con nieve recién caída. Unas bajadas para volver a retomar sensaciones y las sonrisas aparecen en las caras de los esquiadores. ¡Qué pasada! Pero lo mejor aún estaba por llegar. Martí parecía el más niño de todos y nos llevó a los más atrevidos a probar un auténtico fuera pista paralelo a la pista de La Comellada. Nieve hasta las rodillas y una auténtica descarga de adrenalina que a más de uno le costó una buena comida de nieve.

La humedad se iba apoderando de nuestra ropa a medida que nos deslizábamos por el powder de las pistas de Vallnord y las ganas de sufrir por la falta de visibilidad del relieve se alejaban a marchas forzadas. En el horizonte nos esperaba una buena comida en el restaurante del Pla de Caubella. Con el estómago lleno ya pocas ganas quedaron para esquiar pues la humedad y el frío había hecho mella: ¡Hasta se podían escurrir los guantes y sacar agua de ellos! Pero yo, inconsciente de mí, no había saciado el mono de esquiar y me lancé a completar un par o tres más de bajadas.

Nada más llegar al hotel tocaba secar las prendas impregnadas de agua. Tocaba también un rato de relax con una buena bañera caliente para arrugar aún más las manos. Llegaban malas noticias de Anoeta, el Barça había perdido contra la Real. Había que volver a enderezar el día por la senda correcta. ¿Se os ocurre mejor manera que con una cena de lujo en el restaurante La Borda de l’Avi?

Un buen vino, una sopa de lo más completa y un asado de carne de rechupete con la mejor compañía, la de los compañeros de profesión y la de los responsables de Viajes Estiber. Eso sí, salimos prácticamente rodando del restaurante. Empezaba a nevar que daba gusto y nosotros nos dirigíamos a la siguiente parada, no menos tentadora: el fantástico Buda Club situado en Andorra para ayudarnos a hacer bajar a base de digestivos el festín de comida. Un local que sorprendió por su belleza y porqué, a diferencia de los clubes de Barcelona, se podía estar a gusto. Alguna copa que otra pero sin pasarse, pues mañana nos esperaba un día que iba a ser igual de intenso que el que dejábamos atrás.

!El sol existe!

Todo tiene un precio, y como bien sabréis, el de salir de fiesta y tener que levantarte temprano es bastante alto. Pero se paga con gusto. Con la sensación de todavía estar bailando me levanto y hago la maleta para bajar a almorzar. Doble ración de café y mi cuerpo empieza a responder. Nos subimos al bus con las maletas cargadas y cogemos el nuevo túnel que nos lleva en un momento a Grandvalira, concretamente al sector de Soldeu. ¡Vaya si ha nevado la pasada  noche! La carretera se presenta blanca y las bonitas vistas nos acompañan durante el viaje.

Los chicos de Grandvalira nos reciben con una breve presentación de la estación y rápidamente nos preparamos para atacar el dominio esquiable más grande de los Pirineos. Nubes grises dominaban el cielo, que suplicaba por mostrar toda su belleza. El sol se resistía a saludar aunque la niebla y la nevada del día anterior habían desaparecido. Con dos guías facilitados por la estación empezamos a disfrutar de los inacabables quilómetros esquiables. Nos desplazamos por los sectores de El Tarter y Soldeu, bajando sin repetir pistas y con una calidad de nieve excelente. Poco a poco el sol empieza a sacar la cabeza y la luz hace acto de presencia. Pero para algunos, las pistas no suponen la felicidad completa y necesitan liberarse, fundirse con la montaña y buscar sus propios límites. A indicaciones de uno de los guías que nos acompañan dos intrépidos aventureros nos disponemos a afrontar una larga y divertida bajada por fuera pista, en medio del bosque y tanta nieve que a la mínima desapareces bajo el manto. Sin duda estábamos en el momento perfecto y en el lugar adecuado para dar rienda suelta a nuestras fantasías.

Las preciosas estampas de la montaña repleta de nieve y un cielo azul con alguna nube despistada será difícil que no queden para la posteridad. Los móviles echaban humo de tantas fotos que hacíamos. Pero después de flotar por los sueños, el run-run de los estómagos nos devolvía a la realidad. Sin apenas darnos cuenta ya nos habíamos plantado a la hora de comer. Y como venía siendo norma, de pronto el fin de semana de esquí se transformaba por momentos en un encuentro gastronómico por todo lo alto. Los responsables de Grandvalira nos habían preparado una comida de mucho nivel en el restaurante del área de Espiolets.

El tiempo apretaba para los compañeros que debían coger el AVE en Barcelona a las 9 de la noche y el día fue más corto de lo que muchos hubiéramos querido. Aún así terminamos marchando a las 4 de la tarde de GrandValira y nos esperaban 4 horas de bus hasta Barcelona. Sí, el maldito atasco inevitable de la frontera andorrana, nos afectó. Estábamos tan cansados que los ojos se nos cerraban y los sueños nos volvían a inundar. Pero no de ilusiones, sino de recuerdos gravados de paisajes espectaculares y de horas de convivencia divertidas y gratificantes. Un par de días perfectos. Una auténtica cool experience de la mano de Viajes Estiber.

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