El mejor polvo de la temporada

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Como decíamos la semana pasada (aquí el artículo), son muchos ya los chats que están calientes con la temporada. Muchos amigos os preguntan sobre material, sobre cómo vas a enfocar la que llega… Y es inevitable recordar los mejores días de esquí de la pasada, una temporada inolvidable en la que disfrutamos muchos días de nieve recién caída. ¿Recuerdas cuál fue el día de mejor nieve polvo?

Es difícil decir cuál fue el mejor polvo que esquiaste, pero seguro que recuerdas uno de una manera especial. En mi caso tengo muy claro que el momento especial se produjo el 14 de enero. Un domingo de los pocos que no hizo mal día, que teníamos nieve recién caída y en el que me bautizaba como esquiador de montaña sobre nieve polvo. Porque había hecho ya esquí de montaña, pero nunca sobre una nieve tan buena.

El plan

El día fue de esos que salen movidos, con mucha gente con la compartir ratos desde primera hora de la mañana. Pero ya antes de salir de casa había concretado una hora y un punto de encuentro con Pablo y Carolina, compañeros de aventuras. Primero esquié con esquís gorditos, que el día lo merecía, la nieve estaba buena, muy buena en los sitios por los que no había esquiado nadie todavía. Pero un poco antes de la hora prevista, y según nuestros planes, cambié el equipo “pesado” por el equipo de esquí de montaña, mucho más ligero y adecuado para subir en busca del preciado polvo.

El lugar estaba claro, habíamos cogido algo de fuerzas en la cafetería, los equipos de seguridad (arva, pala y sonda) revisados. Todo dispuesto. Nos aprovechamos de los remontes para llegar a una zona alta y nos salimos de las pistas viendo que estaba con muy buena pinta, aunque unas cuantas huellas, más de las previstas, nos alertaron: puede ser que nos hayan descubierto y nuestros planes se hayan ido al garete. Pero no. Las huellas iban en otras direcciones.

Por aquí

Instintivamente iba a seguir el camino que he seguido tantas veces, pero no. “Por aquí” -me dijo-. Y me lo dijo en voz baja, como para que no nos oyera nadie. Estuvimos hablando en voz baja los tres un buen rato, no se oía nada, no se veía a nadie, el sol estaba radiante pero no hacía nada de calor, más bien frío. “Dejamos las huellas a la derecha y tiramos para abajo, recto, para abajo”. “Muy bien”. “Recto, para abajo”. Y dejé que bajaran.

Justo en el momento de salir me acuerdo de que nunca he esquiado en nieve profunda con los esquís que llevo bajo los pies. Patín de 85 y fijaciones puras de travesía. ¿Cómo responderán? El tema de las fijaciones me tuvo durante mucho tiempo entre intrigado y preocupado… Hasta que las probé. Pero ahora, en el momento en el que estoy a punto de empezar una bajada de pura nieve polvo, se me ocurre pensar en el ancho del patín y en que son 13 milímetros más delgados que los que acabo de dejar. No se me ocurrió, en ese preciso instante, que son 15 más anchos que los primeros esquís de “freeride” que me vendieron (era de lo mejor que había entonces) no hace tantísimos años. Algo cortos, eso sí. Pensados para subir, pero ahora quiero bajar.

Se me olvidó todo en el primer giro.

¡Qué nieve!

¡Menuda nieve fresca señores! Fresquita fresquita, no es nieve polvo polvo como algunas que he esquiado en otras ocasiones, pero es una nieve polvo buenísima, y está sin tocar, hasta sin mirar diría. Escucho los gritos de mis compañeros. Procuro no pisar sus huellas y no ocupar mucho espacio, después del segundo giro sé que vamos a volver justo ahí. Tenemos a nuestro alcance todo el dominio de Grandvalira, pero donde queremos estar es justamente donde estamos, y también donde querremos estar dentro de un rato. Seguro.

Si para el segundo giro pensaba en volver y para el primero ya se me había olvidado qué esquís llevaba, para el tercero me dejo llevar. Me dejo envolver en el placer de no sentir nada bajo tus pies centrándome solo en sentir, disfrutar. Me entrego. La nieve me envolvió y flui con ella.

Cuando paramos, el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue para mis hijos, tenían que sentir cuanto antes lo que yo había sentido en esa bajada. No muy larga, no muy espectacular, nada difícil, pero muy sorprendente. Grabé un audio (me acordé de lo que cuestan las llamadas desde Andorra, menos mal) y volvía a la realidad: ahora toca subir.

Subir

Pues si tenía muchas ganas de bajar, también las tenía de subir. Paradita a poner pieles y comentar la bajada, deshacerme de alguna ropa, y disponernos a subir. Con el nivel de adrenalina que llevas en esos momentos te crees que vas a subir el Everest en minutos, pero es mejor subir poco a poco, lo voy aprendiendo. Y poco a poco llegamos a la civilización, si es que las pistas lo son, porque la gente, con la nieve que había, estaba como loca. Y vuelta a empezar. La segunda bajada fue tan buena, o puede que mejor, que la primera, pero primera vez solo hay una, para esto y para todo.

La subida te enseña mucho. Una de las cosas que ha aprendido, aunque todavía me queden muchas por aprender, del esquí de montaña es que aprendes a conocerte. Pasa en otros deportes, o en todos, pero en este de manera especial.

 

Cuando cae la tarde el encanto es especial.

 

Arriba del todo. Subiendo sobra, pero bajando no. La ropa juega un papel fundamental en esos días de sol, actividad y frío.

 

El esquiador

Paramos en mitad de la montaña, entre la primera pala franca y un leve cambio que hicimos en la segunda parte de la bajada y apareció de la nada un esquiador. De lejos te das cuenta quién esquía bien y quien lo intenta. Y este no esquiaba bien, esquiaba superior. El cimbreo de su cuerpo, su técnica de brazos, la elegancia y facilidad de sus movimientos, la velocidad, la forma de encarar la pendiente… Su fluidez nos dejó callados a los que pensábamos que éramos los reyes de la montaña, aunque lo habíamos sido hacía solo unos instantes. ¡Qué cabrón! Esa expresión que, lejos de ser un insulto, denota la máxima admiración, es lo único que consiguió salir de mi boca. Sin palabras me dejó, pero para que os hagáis una idea: era un cartel de sueños de esquí. Lo que tú quieras ser como esquiador, eso era.

 

Todos los momentos del esquí de montaña tienen su encanto. Me he enamorado de este deporte y espero que esta temporada podamos disfrutar tanto como la pasada.

 

Y charlamos un poco con él mientras ponía las pieles. Nos dijo una zona, a la que iba en ese momento, donde la nieve estaría muy parecida a como estaba esta… Se queda apuntada para otra vez. En el tiempo que yo puse una piel él se cambió del todo y salió como alma que lleva el diablo. Un día ya os contaré quién era.

La estación

Subimos y bajamos de nuevo, y no por ser la tercera vez iba a ser aburrida. Al revés, la tarde se iba y el sol teñía todo de unos colores mágicos, de esos colores que le dan a la montaña otro motivo por el que volver. Tras la tercera subidita notamos el frío del invierno, nos quedaba una bajada desde lo alto de la estación hasta el aparcamiento, pero antes se acercó a nosotros un píster en su moto de nieve, le habían avisado de nuestra presencia y necesitaba ver que estábamos bien para seguir con su trabajo. Alguien le había avisado. Es curioso cómo te cuidan en Grandvalira, aunque tú no lo sepas.

Casi al final de nuestra aventurilla el frío era importante, ir bien preparado es imprescindible.

 

Hicimos una bajada por pista casi desde el punto más alto al más bajo de El Tarter, y la estación estaba desierta. Abandonada. En la transición durante la que nos vamos los turistas y llegan los trabajadores. En otras ocasiones he tenido esa sensación de estar en un desierto blanco, esta vez acompañado por dos eufóricos socios de aventuras con los que compartí emociones, otras veces lo he vivido en la más absoluta soledad, y es un momento mágico.

Solo una vez en el coche me doy cuenta de lo que ha pasado hoy. He empezado a esquiar a las 9 de la mañana con el frenesí de encontrar las zonas habituales sin pisar, con la adrenalina por las nubes yendo de rincón en rincón intentando encontrar dos o tres metros sin huellas de nadie. He cambiado de equipo, cogido algo de fuerzas y las he vaciado hasta la extenuación en una jornada gloriosa que se ha alargado hasta que la luz nos dejaba. ¡Qué grande y variado es el esquí! ¡Qué bonito es esquiar en nieve polvo!

Os dejo un cortísimo video que nos grabaron los amigos Juan y Josep desde la montaña de enfrente. La calidad es mejorable porque estábamos muy lejos, pero queda reflejado el momento, y vale la pena recordarlo. Corresponde a la primera bajada.

 

 

 

 

 

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Rokini4
Guest
Rokini4

Esto no se hace! Con el mono que tenemos todos y te atreves a publicar este artículo…. Y es que vaya pasada de día que pillasteis! Yo me inicié el año pasado con el esquí de montaña, y la verdad es que te brinda momentos y experiencias que no he vivido nunca en una estación. El hecho de estar alejado de la gente, en medio de las montañas es increíble. Si al final disfrutas de la subida y todo! Las fotos son una pasada!

It's a powder day!
Guest
It's a powder day!

No nos pongas esto ahora que nos despiertas las ansias! Buen artículo, Álvaro!

Carolina
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Carolina

Este año más y mejor!! 😊

PABLO
Guest
PABLO

Habían sido muchos años teniendo delante esa bajada, que no paraba de gritarnos. Siempre volviendo a la pista pasado el primer tercio…..pues X.3 😉 ;-). El día antes lo vi claro, al día siguiente era el día. No lo volvimos a pillar en el resto de la temporada, así que nos estará esperando en esta que viene 🙂

Ferran Freixanet
Guest
Ferran Freixanet

Que sepas que ahora mismo estoy pensando… “Qué cabrón!!!” jajajajaja

Poner éste video es de serlo!!!

Por cierto, me has dejado con la intriga de quién era el esquiador “anónimo…”

Santiago
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Santiago

¡Tremendo relato!

Muchas gracias por compartir tus vivencias.

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