Si eres un super aficionado al esquí, un auténtico hooligan de la nieve pero de los que se catalogan dentro del segmento de sufrido esquiador de fin de semana, y aunque esquíes todos los fines de semana de la temporada, hay momentos en los que muchos de tus esquemas vitales, aquellos pilares de hormigón que crees que sustentan tu vida empiezan a mostrarse más frágiles y una vocecita empieza a martillear tu cerebro repitiendo sin cesar “¿Por qué?”

En mi caso, siempre ha sucedido a las puertas de algún episodio épico que sé que me voy a perder.  Mirar webcams desde casa o la oficina para ver cómo está cayendo la del pulpo en tu estación o recibir ese whatsapp mortífero con las fotos de nieve de unos amigos que están haciendo la esquiada de su vida sin ti o simplemente ese viaje de trabajo que irrumpe de repente y que hace que el fin de semana te vayas a quedar sin nieve serían algunos ejemplos de situaciones de debilidad.

Cada uno tiene sus ejemplos de estas situaciones, pero me viene a la cabeza lo que me sucedía de vez en cuando cuando esquiaba en Boí Taüll hace ya bastantes años. Llega un domingo, es la hora de volver a casa y ves que se pone a nevar. Y como pasa con tantas otras cosas, si no estuvieras allí, no pasaría nada, pero aquí eres un espectador privilegiado y mientras vas haciendo las maletas vives desde la primera fila de platea cómo ha empezado, cómo se está animando y la nieve cada vez cae con más fuerza, sabiendo que al día siguiente donde hay que estar es aquí y no en la oficina. Pero te tienes que ir y te vas con una sensación de que no es la mejor manera de acabar un fin de semana.

Por suerte, llegas a un punto del camino de vuelta en el que ya no hay nieve porque la temperatura es más alta, esa vocecita se va apagando y poco a poco vas volviendo a la normalidad, pero durante unos minutos es posible que te hayas planteado qué pasa con tu vida.

No te preocupes, si sólo te dura unos minutos y el lunes vuelves a estar con la ilusión habitual, no es grave. Pero si es algo que te ronda continuamente, incluso fuera de la temporada de esquí, quizás tienes que pararte a pensar en algún cambio relacionado con la nieve, aunque sea pequeño.

Y tampoco nos engañemos, no es oro todo lo que reluce ahí fuera en las montañas. Perderse una esquiada puede generar un sentimiento amargo de que se escapa un tren, pero a posteriori siempre tienes la sensación de que no ha pasado nada, que habrá más. Porque siempre habrá más. Y aunque a veces parece que no es así, hay vida y debe haberla fuera de la nieve, aunque con ella todo parezca mejor.