Boí Taüll Resort, tocando el cielo
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Boí Taüll Resort, tocando el cielo

Boí Taüll Resort tiene el telesilla con la cota más alta del Pirineo: Puig Falcó, que transporta a los usuarios hasta 2.751 metros de altitud.

Desde allí se contempla todo el dominio esquiable y vemos empequeñecer la cordillera hasta donde alcanza la vista. Un resort que piensa en todo el abanico de esquiadores: familias, freeriders, racers, freestylers, escolares…  Todos encontrarán su tesoro en forma de oro blanco.

Desde Solo Nieve preparamos la visita al dominio de la Alta Ribagorza a conciencia, y contamos con la complicidad de la estación, que se adaptó a todas nuestras peticiones.

Así elegimos el mejor momento, a finales de enero, aprovechando las abundantes nevadas que cubrieron el valle de Boí la pasada temporada.

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Con todo a nuestro favor, Txema Trull y un servidor llegamos al resort a última hora de un domingo. Ya era noche cerrada y frente al Aparthotel Augusta Spa, el mercurio se chivaba de que la temperatura estaba bajo cero.

El Pla de l’Ermita

El hotel está situado en el Pla de l’Ermita, que como bien dice su topónimo, se refiere al altiplano en el que se ubica la ermita de Sant Quirc de Taüll, a escasos ocho kilómetros de la estación de esquí.

Construido a principios de los noventa, es un complejo hotelero con todos los servicios necesarios para desarrollar actividades deportivas en el medio natural durante todo el año.

Si bien en verano la bici, el senderismo y las visitas culturales son los motores del valle, el esquí y el disfrute de un paisaje de ensueño cubierto de un manto blanco es el señuelo que atrae turistas a un valle que tiene mucho que ofrecer.

A los pies del Tuc de la Comamarja (2.750 metros) y circundada por el río Sant Martí, la urbanización del Pla de l’Ermita es el núcleo vital del resort.

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Esta zona residencial tiene variedad de hoteles como el Aparthotel Augusta de 4*, que cuenta con un spa de 1.200 metros cuadrados, los hoteles Boí Taüll y Romànic de 3*, o el hotel Taüll de 2*, además de los apartamentos y habitaciones del Residencial la Solana.

En cuanto a la gastronomía y ocio, podrás disfrutar de restaurantes con elaboraciones a base de productos típicos de la zona, como el Augusta, el Romànic, incluso una pizzería: la Perdiu.

Y todavía hay más, porque en el Pla de l’Ermita también hay un pub-discoteca, el Punt de Trobada, donde dar rienda suelta a tu lado más canalla.

Si tus inquietudes te llevan a conocer e imbuirte de la cultura y tradiciones del lugar, no podemos obviar que el valle de Boí tiene la concentración más alta de iglesias románicas por kilómetro cuadrado de todo el territorio cristiano, catalogado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Todas ellas con frescos de inestimable valor, como el pantocrátor de la iglesia de Sant Climent de Taüll, del siglo XII (los originales se exponen en el Museo Nacional de Arte de Catalunya).

Realmente es muy enriquecedor contemplar y conocer la iconografía y técnicas arquitectónicas que se usaban en la Edad Media, por lo que una visita al Centro del Románico de la Vall de Boí, que se encuentra en el pueblo de Erill la Vall, es altamente recomendable.

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Pero si eres de los que no pierdes un solo minuto en pistas, de los que agotas el día preguntando al remontero si puedes subir una vez más cuando el sol ya se ha puesto y las sillas están recogidas, de los que cuando se quitan las botas solo piensan en descansar para poder calzarlas de nuevo al día siguiente… después de leer este artículo entenderás por qué Boí Taüll es un paraíso.

La estación

Como os contábamos, llegamos al Aparthotel Augusta a última hora del domingo, y en el enorme apartamento de dos habitaciones nos esperaba una bandeja de fruta y variados amenities ; así que sin deshacer el equipaje, nos sentamos a cenar. Fue el primer presagio de que este viaje iba a ser un paseo por las nubes. El silencio se hizo dueño de nuestros pensamientos mientras los paladares degustaban platos con productos de proximidad acompañados de un equilibrado y exquisito vino tinto Enate.

Con el estómago y apetitos saciados, nuestros cerebros pudieron concentrarse en planear la primera jornada del viaje. La previsión meteorológica era buena, sol y frío… de hecho era buenísima.

Teníamos pensado llegar a pistas a primera hora y recorrer la mayor parte del dominio antes de las 12, aprovechando la cálida luz naranja del amanecer.

A mediodía habíamos quedado con Patxi Garralda (director de la estación) e Ignacio Jiménez (director de montaña) para esquiar la Vall del Moró, un fuera-pista que empieza en la parte trasera del Puig Falcó y acaba en una curva de la carretera próxima al Pla de la Ermita, desde donde nos recogería un transfer del resort para regresar a pistas.

El plan era muy apetecible. Por la mañana del lunes, tras un reparador y confortable descanso, fuimos los primeros en visitar el copioso bufet y, como comprenderéis, la buena educación nos obligaba a no hacerle ascos a nada, a probar de todo y a no dejar nada en el plato. Nos comportamos con una corrección digna de un internado británico.

Cargamos el coche y recorrimos los escasos kilómetros que separan las pistas del hotel sin mediar palabra, el cielo estaba cubierto por un fino manto de nubes altas capaces de fastidiarnos el día… Ya con las botas puestas y el forfait en las manos (debían ser las 8.30 a.m.), constatamos que la luz no iba a estar de nuestro lado, que iba a ser díscola con el pronóstico y no se le antojaba hacerse un hueco entre las nubes. Sin embargo, citando a Ray Loriga, “la pasión ignora la mala suerte o muere”.

Pues esta pasión que nos guía y nos conduce a la nieve ignora el frío y las tempestades, ignora la fatiga, el cansancio y cualquier acto o pensamiento que te aleje del deseo de esquiar.

No es de extrañar que pasásemos un día increíble estrenando la fresada impecable de las máquinas a primera hora o buceando en el powder que atesoran la infinidad de descensos vírgenes que rodean el resort. Incluso a pesar de la luz plana que nos acompañó durante toda la jornada, ausentándose algunos escasos y arbitrarios minutos.

Uno de los aspectos que más agradecimos fue no tener que luchar por encontrar palas sin huellas ni esquivar aglomeraciones ingentes en pistas. Poder esquiar en estas condiciones es un auténtico placer. Si a eso le sumas una calidad de nieve óptima, unas pistas trabajadas con cariño y esmero y las vistas espectaculares desde el Puig Falcó, en las que se adivina la falda del Pirineo camino del Mediterráneo… te sientes tocando el cielo.

Pero nada es casual. El trabajo de los operarios de la estación es la clave para ofrecer un snowpark de calidad, con mantenimiento diario y preciso.

Como también es clave para poder acceder a descensos desde la cima del Puig Falcó, el telesilla más alto del Pirineo: sujeto a episodios de fuertes ventadas, en Boí utilizan una solución efectiva y práctica como es atar encadenadamente todas las sillas del remonte, para impedir que la línea se descuelgue bajo vientos extremos.

 

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Agotamos el tiempo al máximo y a punto de acabar la jornada, como un par de tarados, nos subimos al telesilla de Roies rogando al remontero que nos dejara pasar, ya que estaba bajando la barrera en ese preciso instante.

Con suma amabilidad y después de contrastar que el pistero encargado de cerrar la zona estaba avisado, nos permitió acceder a la parte superior de la silla desde donde contemplamos el goteo de coches descendiendo de la estación y a los más adictos y tardíos esquiar las últimas pistas.

Nos lo tomamos con calma y mientras el sol se escondía con parsimonia detrás del Pic Cerbí de Durró, escogimos con precisión las zonas que mantenían la nieve fresca y suelta.

El primer día de esquí fue excelente, pese a la luz plana que dificultó el trabajo fotográfico. Pudimos esquiar y retratar diferentes áreas y disfrutamos de una bajada por la Vall del Moró de más de 1.000 metros de desnivel.

El martes desayunamos con Martí Rafel, director general del resort, que como no podía ser de otra manera, nos sorprendió ofreciéndonos una de las muchas actividades que brinda la estación: la oportunidad de realizar un vuelo en parapente. Las indudables buenas maneras y saber hacer de Martí están conduciendo a Boí Taüll a unos niveles experienciales y de calidad muy óptimos. Y aunque el camino por recorrer no es fácil, el resort está avanzando a pasos agigantados.

Esa jornada fue una maravilla. El sol brillaba con fuerza pero sin calentar en exceso, por lo que hasta última hora de la tarde no tuvimos cambios en la calidad de la nieve y pudimos esquiar, desde primera hora de la mañana hasta el atardecer, todos los rincones y pistas que quisimos en unas condiciones increíbles.

Epílogo

Boí Taüll supuso una grata sorpresa en todos los sentidos. Por la buena calidad de la nieve y por los espesores acumulados. Por el trabajo del personal de la estación y del hotel, que más allá de prestar un gran servicio, lo hace con una sonrisa en la cara y con la actitud de quien se siente orgulloso del lugar que habita.

Si lo que quieres es olvidarte del desasosiego diario y disfrutar de unas vacaciones de esquí sin tener que preocuparte de nada más, sea cual sea tu preferencia: pista fresada, snowpark, freeride, esquí en familia, parque infantil, visitas culturales o incluso vuelos en parapente… Boí Taüll es tu estación.

Boí Taüll Resort en datos

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Cotas máxima/mínima: 2.751 m (Puig Falcó) /2.020 m (Pla de Vaques, base de la estación).
Extensión: 45 km esquiables.
Pistas: 42. 5 verdes, 4 azules, 20 rojas, 14 negras y 2 itinerarios (Freeride Bus).
Remontes: 11. 6 telesillas, 2 telesquís y 3 cintas trasportadoras.
Nieve artificial: 205 cañones, 20,2 km innivados.
Snowparks: Snowpark Basseta.
Más información en la web de Boí Taüll.

Texto: Edu Carrera
Fotos: Txema Trull

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