Cuando no ves nada
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Cuando no ves nada

Juan se volvió y dijo: – Creo que es por aquí.-

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Y en seguida se oyó la primera voz discordante: – ¡Creo no es una opción!. ¿Es o no es por ahí?-

La niebla era tan densa que era imposible distinguir dónde acababa el perfil de la montaña y dónde empezaba el cielo. Pepe ya había vomitado. Las cosas se iban torciendo poco a poco…

-No sé, esperad, dadme un minuto…-

El silencio que cayó entre nosotros era más denso que la propia niebla. Solo el ruido de la profunda nieve virgen que Juan iba pisando mientras daba vueltas sobre si mismo, daba vida a ese cuadro de tres esquiadores perdidos.

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La confianza en el líder se estaba diluyendo. Habíamos salido del refugio nevando, pero las nubes eran altas y solo la cima estaba tapada, nada que no hubiéramos experimentado otras veces en otros sitios.

Unas seis horas antes habíamos tomado la decisión de subir según el plan ya que la méteo decía que todo se levantaría a medio día. Solo salimos tres, pues Jose se había quedado en el refugio. No estaba muy fino y prefirió reservarse para los tres días que teníamos por delante por la zona del Monte Rosa. 

Pero a medida que iban transcurriendo las horas, la niebla a nuestro alrededor se iba espesando. La nieve que caía daba una sensación acogedora, de bienestar, de euforia. Pero una vez arriba… ¿Estábamos arriba? ¿Dónde estábamos? ¿Habíamos pasado al otro lado de la vertiente sin darnos cuenta? ¿Cuando? ¿Y la cima?

Hubo un momento al filo del medio día en el que paramos para comentar qué hacer. ¿Seguir hacia arriba? Pero ¿a donde? ¿Empezar a bajar siguiendo las huellas de subida? Tres esquiadores, tres opiniones. Pero al final, habíamos tomado la más mala sin darnos cuenta.

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Juan, en un intento por continuar con el liderato del grupo dijo: – Paramos de subir renunciando a la cima, nos avituallaremos un poco y empezamos a bajar por las huellas de subida.

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En ese momento y petados que estábamos no me pareció mal, por lo que bajo la intensa nevada y dentro de la espesa niebla, empezamos a quitarnos los esquís, sacar las pieles e intentar hacer un pliegue digno con ellas, hundirnos en la nieve para alejarnos un poco para ir al lavabo y hurgar en las mochilas para sacar algo de liquido y reponer, así como comer algo para tener fuerzas para la bajada.

Calculaba que estaríamos cerca de los 3.800 metros según el único altímetro que funcionaba, por lo que el bajadón que teníamos por delante hasta el refu a 2.600 metros con esa nieve, iba a ser la bomba.

Ya repuestos y de mejor humor, empezamos a esquiar en modo «survival» para no alejarnos de las huellas de subida. Juan iba el primero y yo como casi siempre, cerrando el grupo, pero esta vez sin hacer una sola foto… Y ocurrió el desastre. 

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No deberíamos haber bajado más de cien metros cuando Juan frenó en seco, Pepe se comió a Juan, ambos fueron al suelo y yo tuve que esquivarlos.

Cuando se repusieron y volvíamos a estar de pie y listos, fue cuando sonaron esas terribles, terribles palabras de Juan… «Creo que es por aquí…»

Yo me mantenía callado. Nos habíamos colgado idiotamente reponiendo fuerzas en vez de bajar enseguida y claro, las huellas arriba aun se veían, pero más abajo ya no quedaba huella alguna pues la gran nevada las había tapado o, simplemente con la niebla, Juan las había perdido…

Mi mente trabajaba a marchas forzadas para recordar algo, alguna referencia, alguna pendiente… Ya había hecho esta misma montaña con sol. Con sol no se presta tanta atención, todo va bien, todo fluye y tus sentidos se relajan. Ahora era diferente…  buscaba un camino para llegar abajo, entre la niebla y nevada en la que estábamos inmersos y recordando cada imagen de la minipeli que habíamos colgado en YouTube de esta misma bajada la pasada temporada.

Una referencia, algo…  pero era inútil. Podía recordar de la otra vez que el risco bestial estaba muy a la izquierda subiendo. Pero claro, durante la subida de hoy ni lo habíamos visto. De hecho, en estos momentos no tenía ni  idea de qué hacer…

Seguir bajando podría ser un suicidio y quedarnos arriba sería otro. Intentar bajar caminando, con esta cantidad de nieve nos hubiera llevado horas y no contemplábamos para nada montar un viuvac con toda esa nieve nueva y menos con el frío que haría por la noche y sin sacos. Además las provisiones y el agua estaban en las últimas. Solo habíamos traído para un refrigerio a medio día. La cena era en el refugio. 

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Todo empezaba a desmontarse. La salida que tenía que haber sido un caramelito se estaba convirtiendo en una verdadera indigestión.

Según mis cálculos, el gran risco estaría mas abajo, a la derecha. Si no nos habíamos desviado de la ruta no debería haber problema para pasarlo sin tocarlo. Pero la decisión de bajar esquiando entre la espesa niebla y la densa nevada fue también muy difícil. 

Sin saber bien dónde nos encontrábamos respecto de la gran montaña, sin árboles de referencia y con solo un altímetro y un móvil al que casi no le quedaba batería, la decisión de bajar con esquís antes de que cayera la noche fue la menos mala.

Sin perder ya mucho tiempo empezamos de nuevo la bajada. Sin saber por donde pisábamos, las sensaciones eran muy desagradables y esquiar era un suplicio. Curvas rotas, a veces rectas largas con sensación de poca pendiente, a veces caídas por perdida del sentido del equilibrio… 

Los tres tuvimos nuestra porción de dificultades. Seguir al de delante y confiar en que el primero supiera más o menos lo que estaba haciendo, era la única opción.

Perder de vista al de delante era una agonía, por lo que al ir tan juntos, dos veces nos fuimos al suelo los tres. Sin risas. 

Según el altímetro ya andábamos por los 3.200 metros. Íbamos a paso de tortuga. Yo solo confiaba en que estuviera bien calibrado, poder llegar a unos cien metros por encima del refugio, e intentar triangular con el mapa para ver donde nos encontrábamos.

Debíamos seguir bajando a toda costa y si bien íbamos lentos, aún no queríamos hacer saltar las alarmas pues de algún modo, creíamos que llegaríamos al refugio.

Juan se estaba agotando yendo continuamente el primero por lo que decidí relevarle. Pepe no quería ir el primero, ya había vomitado una vez y necesitaba una referencia para poder bajar.

Empecé a bajar delante. A la dificultad de decidir cómo dejarme llevar hacía abajo sin ver nada, con las sensaciones solo debajo de los esquís y el estomago en un puño, se añadía la angustia de todos los pensamientos que pasaban por mi cabeza. 

No podía pensar en montar una cueva para tres, a tanta altura, a las cinco de la tarde, sin saber cuándo iba a acabar de nevar. No sabía por donde andábamos. A veces parecía que subía y en realidad estaba bajando. Mi mirada buscaba desesperadamente una señal de peligro o de camino. Ahora el grupo dependía de mí y….

Sentí el vacío. Estaba cayendo sin saber cuándo llegaría al final. Me desperté sudando en la dura cama del refugio. Afuera, por la pequeña ventana de la pared, entraba ya la luz de la mañana.

«La montaña impone mucho respeto, pero a la montaña hay que mirarla a la cara.» Toni Comas.

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4 comentarios en «Cuando no ves nada»

  1. Me ha pasado igual, no en alta montaña, en una estación en Austria, en KAppl y me perdí dentro de una pista…. asi que he revivido la angustia!!! Gracias por el reportaje!

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