Powder en sepia: Un repaso a la hª del esquí en Colorado
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Powder en sepia: Un repaso a la hª del esquí en Colorado

Una gris mañana de enero, un día de tregua entre tormentas, Steve y yo nos acercamos a la estación de Pioneer. Situada a tan sólo 20 minutos en coche aguas abajo desde Crested Butte, en un pintoresco valle lateral llamado Cement Creek, Pioneer Ski Area no es hoy lo que fue en su día. La última vez que su único telesilla funcionó fue hace 67 años.

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Pioneer es un ejemplo modélico de estación de esquí fantasma. Medio siglo después de su cierre en 1952, son pocas las trazas que quedan de su existencia.

En el amplio prado que fue la antigua base de la estación, un puñado de pintorescas cabañas al estilo del viejo oeste que sirvieron de rústico hospedaje forman parte ahora de una pequeña iniciativa de alojamiento rural llamada Pioneer Guest Cabins.

Sus jóvenes propietarios, Matt y Leah Whiting, han renovado las viejas construcciones de troncos, y el aspecto actual de la finca es inmejorable. Sólo una leve y estrecha cicatriz que se resiste a ser completamente engullida por la extensa masa forestal delata el trazado del viejo telesilla, cuyas pilonas fueron desmontadas ya hace décadas.

De las dos pistas, llamadas Osa Mayor y Osa Menor, que una vez surcaron sinuosas el considerable desnivel de la estación, no queda ni rastro.

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Matt (el propietario), un avezado esquiador y conocedor de la zona, nos avisa de que nadie ha subido a la estación desde que él lo hiciera semanas atrás y que la traza será apenas visible. Después de poner las pieles a los esquís, Steve y yo iniciamos nuestra ascensión hacia la espesura y hacia otra era. La nieve es profunda y ligera, una paz absoluta nos rodea… Hoy será un gran día.

El lado oculto de Colorado

Colorado es, para la mayoría de los esquiadores, sinónimo del powder más ligero y profundo, un destino conocido por sus a veces ostentosas y casi siempre bien cuidadas ski areas y el contraste de rusticidad western y confort que ofrecen sus poblaciones de montaña.

En cambio, su rica y relativamente antigua historia en el deporte del esquí ha pasado desapercibida, probablemente oculta tras esa moderna y enérgica fachada, siempre a la vanguardia de modas e imagen que aquí se lleva.

Siempre me ha sorprendido lo temprano que llegó el esquí a EE.UU. Ya hacia finales de siglo XIX, formas un tanto arcaicas del esquí empezaron a emerger en algunos de los remotos enclaves mineros que poblaban el montañoso oeste americano.

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La razón principal de este rápido surgimiento del esquí en el Nuevo Mundo es que durante esa época, buena parte de los trabajadores de minas eran emigrantes de origen germano-eslavo, gente familiarizada con el uso del esquí en sus patrias autóctonas y que, lógicamente, pronto aplicaron en los crudos inviernos y profundas nieves de las Sierras y Rocosas.

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Fue por aquel entonces, desde 1885 hasta principios del siglo XX, cuando leyendas y mitos del esquí empezaron a surgir de los espacios salvajes del oeste.

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Aquí en Crested Butte, en Colorado, Al Johnson fue uno de los esquiadores pioneros más mitificados del país (publicamos su historia en el Solo Nieve nº47, invierno 2007).

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Sobre sus esquís de más de tres metros de longitud hechos de madera sólida de abeto, este supercartero llevaba correspondencia entre las dispersas comunidades mineras del macizo de las Elk Mountains, siguiendo rutas de más de 30 km y atravesando puertos y gargantas que incluso hoy en día son consideradas extremadamente peligrosas por el peligro de aludes.

De transportar carbón a transportar esquiadores

Por supuesto, con lo divertido que es deslizarse por la nieve, el uso del esquí como herramienta exclusivamente utilitaria no duró mucho y simultáneamente se popularizó su uso recreativo y deportivo, en forma de carreras de descenso y saltos de esquí.

En 1886 ya se celebraba una prueba con premios en metálico (20 dólares para el primer calificado), en la que el mismo Al Johnson se confirmó como uno de los mejores corredores de la zona.

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Inspirada en este tipo de pruebas y en honor a Al Johnson, desde 1974 en Crested Butte se celebra anualmente una fabulosa y esperpéntica carrera de telemark en la que los corredores, la mayoría de ellos vestidos con los disfraces más inverosímiles y elaborados, primero suben y luego bajan el terreno más empinado de la estación.

En 1905, Carl Howelsen, un emigrante noruego, llegó a Denver escapando de la depresión económica de su país, y después de un corto período trabajando en el famoso circo de los Wringling Brothers, se convertiría en uno de los más grandes atletas y pioneros del esquí en Estados Unidos.

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Su especialidad, el salto, lo llevaría a ganar numerosas competiciones nacionales e internacionales, y tras asentarse en la población de Steamboat Springs, al norte de Colorado, en 1915 creó el que sería el primer estadio de salto olímpico del país.

Con toda esta naciente actividad esquiadora emergiendo de los núcleos mineros del oeste, no resulta del todo sorprendente que los primeros remontes de esquí fuesen ingeniosas adaptaciones de la tecnología puntera que en aquella época aplicaba la industria minera en forma de montacargas y sistemas de vagonetas tiradas de cables para extraer los productos minerales.

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El primer telesquí de Colorado, que era una cuerda sinfín tirada por un sistema de poleas activado por un rudimentario motor, fue instalado en Glen Cove (cerca de Colorado Springs) en 1936 por el Pike’s Peak Ski Club, uno de los clubs de esquí pioneros de la época.

Al año siguiente se instaló otro, éste con un recorrido de casi 300 m en la estación de Berthoud Pass (cerca de la actual Winter Park), otra estación difunta que recientemente ha renacido como popular destino de backcountry.

En 1937, una enorme mina de molibdeno llamada Climax levantó en sus terrenos un larguísimo telesquí de cuerda (500 m de recorrido) que incluso contaba con un sistema de iluminación para esquí nocturno.

En 1939, el Gunnison Ski Club abrió el primer y revolucionario telesilla de Pioneer Ski Area, construido con partes de montacargas recicladas de una mina de la zona.

Viaje al pasado

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Steve abre camino en la profunda nieve, resoplando como una de esas antiguas locomotoras quitanieves a máximo rendimiento. A juzgar por las viejas fotos que habíamos visto de la estación, deberíamos de estar siguiendo lo que fue una de las pistas, la Osa Mayor, situada justo a la izquierda de la línea del telesilla; pero está claro que la naturaleza ha hecho su trabajo regenerador.

El bosque es espeso y empinado. Suficientemente empinado como para hacernos pensar en cómo diablos podía esquiar la gente aquí con esos enormes esquís que deberían de sentir como troncos atados a los pies. No somos nada, pienso yo, sumido en mis pensamientos sepia.

Al cabo de un rato le tomo el relevo a Steve y por suerte damos con la traza que Matt había hecho cuando subió semanas atrás. La traza es apenas visible, pero por lo menos siguiéndola no te hundes tanto y el trabajo se hace más llevadero.

Un zorro, o quizás un coyote, ha llegado a la misma conclusión que nosotros y sus recientes huellas siguen fielmente el tenue surco en la nieve en la misma dirección que nosotros. Justo cuando empezábamos a preguntarnos si jamás llegaríamos a nuestro destino, el tupido bosque se abrió brevemente para revelar nuestra posición.

Estábamos en la parte superior de la cicatriz del viejo telesilla. A nuestros pies alcanzábamos a ver hasta el lejano fondo del valle. Era imposible no quedarnos impresionados ante el desnivel (600 m) cubierto por este proto-telesilla montado en 1939, cuando todavía no existía un sólo remonte en todo el Estado español.

La estación pirenaica de La Molina, donde aprendí a esquiar, sería la primera en instalarlos en 1943 (el telesquí de Fontcanaleta).

A poca distancia de donde nos hallábamos, justo en la cima de una loma boscosa, estaba la cabaña de troncos que marcaba la llegada del telesilla y que en su día sirvió para dar refugio a los usuarios y trabajadores del remonte.

Los dos nos acercamos a ella. El silencio y sosiego del lugar le infunden un aire un tanto sobrecogedor, un poco fantasmagórico, pero no me resulta difícil imaginar el alboroto de las familias y esquiadores, vestidos con aquellos atuendos de la época, las risas de quienes se lanzaban cuesta abajo en aquellos esquís prehistóricos, el crujir metálico de la rueda del telesilla…

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Todo parece tan lejano y a la vez real. Entramos en la construcción. Hace un frío penetrante, pero hay una estufa de leña que sin duda ha usado más de un montañero que ha pasado la noche aquí arriba.

Unos grandes ventanales ocupan la pared que da cara al valle, pero las vistas que una vez se debieron ver están ahora bloqueadas por el bosque. Hay una espaciosa mesa de madera con algunas revistas amarillentas y un par de lámparas de gas.

Hay estanterías con latas de judías y garbanzos. Contra la pared que da a la montaña hay un dilapidado catre en el que se podría pasar la noche en caso necesario.

De no ser por la dejadez general y las cagarrutas de marmota que hay por todas partes, la integridad del edificio es sorprendente. En aquellos tiempos, las casas se construían con esmero y propósito… Descendemos sigilosos en el vaporoso powder, etéreo como las mismas memorias de esta estación fantasma.

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Apenas hay suficiente espacio para nuestras dos trazas en este estrecho hilo de nieve emparedado entre árboles, pero Steve y yo le sacamos el máximo partido a la situación.

Nos invade una euforia que supongo que debe de ser semejante a la que debieron experimentar aquellos rudos esquiadores de hace sesenta o setenta años, que descendían por la Osa Mayor con el frío aire de Colorado en sus sonrientes caras y con la certeza en sus mentes de que habían descubierto algo tan embriagador y divertido, que perduraría durante los siglos venideros.

Texto de: Xavi Fané
Fotografías: Xavi Fané/CBMHM & Gunnison County Pioneers Society

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1 comentario en «Powder en sepia: Un repaso a la hª del esquí en Colorado»

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