OLYMPUS DIGITAL CAMERA
Socio, que te veo: radiografía caricaturizada de Curro-monitor alardeando de obsoleta técnica precarving, con pantalón un par de tallas pequeño e intentando ligar en vano con la alumna. David, ¡eres tan previsible!

Resulta que una de las asignaturas pendientes que tengo como esquiador, y que me temo que ya no podré cumplir, es pasar alguna temporada completa en una estación de esquí. Y lo hubiera hecho como monitor, sin duda. Nunca he tenido una especial interés por la docencia, pero sí por la técnica (algo que a ti te produce alergia, como todo el mundo sabe). Puestos a pedir, no me importaría nada ser compañero de Dani Maza, nuestro asesor técnico, en el Equipo de Demostradores. Claro, no habías atinado que, al igual que en otras profesiones, como monitor (y como pister, por supuesto) también se puede ser desde monaguillo hasta fraile. Me imaginas condenado a cadena perpetua en la zona de debutantes, sin poder ir más allá de la cuña, y se te hace la boca agua. Pero es que los instructores de nuestro Esquí Master -por poner sólo un ejemplo- también son monitores y se pegan unas sesiones de fuera-pista que no están nada mal. Y ojo, que tiene que ser muy gratificante enseñarle los secretos del esquí a cualquier ilusionado debutante, pero ello no impide tener alumnos con los que poder abrir traza en nieve virgen… quizá acompañándoles a algún destino lejano al que tú, como aprendiz de pister, jamás podrías ir. Y sin llegar a estos extremos de disfrute patrocinado por clientes pudientes, el solo hecho de estar con las botas puestas todos los días de la semana te permite hacerte unas bajadas a primera hora, antes de la primera clase, con la pista recién planchadita; o entre horas. Y si me apuras, el día que haya paquete me pongo raya en el tablón de la escuela y me voy a abrir traza.

Es verdad que si a la primera me hubiese tocado darle una clase a David Ledesma -clara excepción a la teoría de la evolución de Darwin-, probablemente desistiría y me habría hecho monje benedictino. Pero hecha esta salvedad, lo dicho: pister puede estar bien, pero monitor me gusta más.A ti, en cambio, que eres capaz de esquiar con unas botas dos tallas grandes sin darte cuenta, sí que te veo más como pister que como doctor en técnica. ¡Ya ves, en el tema de hoy no hay discusión! Yo a enseñar y tú, mi apreciado monaguillo, a acarrear fajos de palos. Porque como te asignasen la responsabilidad de revisar las poleas de un telesilla, yo me subía la montaña a pata, desde luego.

Curro Bultó, director.

0002 Escola EsquA- i Snowbo
Tú, por descontado, monicaco -con todo el cariño para el gremio-. Si caes redondo al romperte una uña, no quiero imaginarme el numerito que ibas a armar si como patrullero tuvieras que atender a un accidentado en pistas.

Me crié en una estación de esquí y durante aquella época de inocencia pueril, sólo imaginaba dos opciones para mi futuro, monitor o pister. Por entonces, ninguno de los mocosos de mi cuadrilla concebíamos trabajar de cualquier otra cosa. Nosotros siempre fuimos partidarios de ser pisters. Nos imaginábamos abriendo la estación a primera hora de la mañana tras una noche de intensa nevada, dinamitando las avalanchas, cortando placas para que cayeran, quitando y poniendo redes, bajando accidentados en camilla; en definitiva, trabajando para el perfecto y seguro funcionamiento del dominio. Y al final de la jornada, llegaría el premio de saborear el silencio y la quietud de la montaña cuando ésta se vacía de clientes.

Por entonces, teníamos un buen amigo en la estación, Julio, que se encargó de enseñarnos las labores del buen patrullero. Y gracias a él entendimos que ser pister es más una manera de ser que una simple fuente de ingresos. En cambio, por aquellos mismos años, corrían varios especímenes esperpénticos por la escuela de esquí. ¡Qué personajes! -ahí entras tú en escena, campeón-. Engominados hasta las cejas y con caretos centelleantes embadurnados de aceite de zanahoria para lucir bronceado caribeño. Recuerdo incluso que iban ¡con hombreras! –para aparentar más cachas, imagino-. Con sus Ray-Ban en la frente y la melena grasienta al viento. Inmaculados, de punto en blanco, como si fueran el Ken de la Barbie. La versión nívea del chulo piscinas. Afortunadamente eran una excepción, pero no sé por qué me han venido a la memoria pensando en ti.

En el polo opuesto, el pister, que se ensuciaba las manos, usaba guantes de piel de albañil, vestía chaquetas remendadas llenas de enganchones, utilizaba los primeros bastones que encontraba en el almacén y todas esas cosas que a ti te dan grima y te producen vahídos.

Ya te veo, en tu salsa, impecable, vestidito y repeinado como si fueras a comulgar, con los gestos bien ensayados frente al espejo, las Ray-Ban (imprescindibles) y tus andares borbónicos por el Pla de Beret… ¿Te gustaría? Pues no te cortes, sería una salida digna de Solo Nieve y además te dejaríamos venir a visitarnos cuando quisieras. ¿Hago una llamada?

David Ledesma, director.