Con 17 años, Bill Johnson robaba coches en las calles de Brightwood (Oregón). El juez le dio un ultimátum: o la prisión o la escuela. Siete años más tarde, se convertía en el primer esquiador en lograr uno oro olímpico para Estados Unidos al ganar el descenso en Sarajevo ‘84.

Bill Johnson protagonizó una de las carreras deportivas más románticas y a la vez turbulentas y trágicas que se recuerdan en la historia del esquí alpino.

Nacido en Los Ángeles, se crió en Brightwood, Portland (Oregón). Inquieto e hiperactivo, pronto comenzó a competir en carreras de esquí en Mt. Hood para intentar canalizar su exceso de energía.

Tuvo una adolescencia muy dura y acabó convirtiéndose en un rufián callejero que hurtaba en coches y casas hasta el día que un juez lo puso entre la espada y la pared: o seis meses de prisión o a la academia.

Se decantó por la escuela e ingresó en el Wenatchee Valley Community College, donde formó parte del Mission Ridge Race Team. Con un estilo descontrolado y una técnica fuera de lo común, comenzó a lograr resultados.

Eso, sumado a su talento para la velocidad, su capacidad de deslizar y una aerodinámica privilegiada, lo llevaron a procurarse un lugar en el USA Ski Team.

Pese a su carácter incorregible, le dieron la oportunidad de debutar en la Copa del Mundo en febrero de 1983 y no la desaprovechó, quedó sexto en el descenso de St. Anton (Austria).

La temporada siguiente, con 23 años, Johnson dio la campanada. Era un 15 de enero de 1984 cuando ganaba el descenso de Wengen en la mítica Lauberhorn.

Se convertía así en el primer esquiador estadounidense en ganar un descenso en la Copa del Mundo, además de romper la hegemonía europea.

Un mes después se celebraban los JJ.OO. de Sarajevo ‘84. Fanfarrón y engreído, predijo públicamente su victoria olímpica evocando las comparaciones con Joe Namath y Muhammad Ali.

La pista yugoslava se ajustaba perfectamente a sus características, pocas curvas y muchas rectas para dejar correr los esquís. Aquel vanidoso ex delincuente ganó la medalla de oro en Bjelašnica con un tiempo de 1:45.59 al superar al suizo Peter Müller por 0.27 décimas y al austríaco Anton Steiner.

Era el 16 de febrero de 1984, y Bill Johnson se erigía en un héroe nacional, el primer esquiador en lograr un oro olímpico para los USA (sus compatriotas, los gemelos Phil y Steve Mahre, ganaban al día siguiente oro y plata en el slalom).

En aquellos momentos de euforia, le preguntaron qué significaba aquella medalla para él, y sólo se le ocurrió decir: “Millones, muchos millones”.

Johnson estaba en la cúspide del esquí mundial. Tras los Juegos incluso ganó dos descensos más de Copa del Mundo en Aspen y Whistler. Desde aquel momento su carrera y su vida en general cayeron en picado y se convirtieron en una tragedia constante.

Se peleó con los entrenadores, incluso agredió a uno de ellos con un bastón, y fue expulsado del equipo perdiéndose los JJ.OO. de Calgary ‘88.

Derrochó todo el dinero en coches deportivos, una casa en Malibú, juergas y los caprichos de una camarera de Portland que acabó convirtiéndose en su mujer.

Arruinado, seis años después de su gesta olímpica, volvía a Portland para acabar viviendo en una caravana y ganarse la vida como carpintero.

La cosa empeoró cuando su hijo de 13 meses de edad se ahogó accidentalmente en la bañera de un amigo al quedar abierta una puerta. Aquello lo sumió en una profunda depresión. Tuvo dos hijos más, Tyler y Nick, pero su matrimonio se fue degenerando hasta que su esposa lo abandonó y se llevó a sus dos criaturas.

Con 40 años, solo y sin un penique, no se le ocurrió otra cosa que intentar volver a ser seleccionado para los JJ.OO. de Salt Lake City 2002, con el fin de recuperar a su ex esposa. Pensó que si ganaba otra vez, ella volvería.

Tatuadas en su brazo podían leerse las palabras “Ski to die” (Esquiar para morir). Un fatal preludio de lo que sucedería. Llevaba más de diez años sin esquiar en condiciones cuando volvió a enfundarse el mono y calzarse unos esquís en busca de los puntos suficientes para ser readmitido en el equipo nacional.

Falto de forma y con una musculatura atrofiada, en marzo de 2001 fue capaz de quedar el 33 entre los 66 esquiadores que disputaban los trials del USA Ski Team. La siguiente prueba se disputaba en la estación de Whitefish (Montana).

Bill-Johnson-Leyendas-del-esquí_2

Era el 22 de marzo de 2001 y Bill Johnson hacía una bajada de entrenamiento cuando se encarrilló en la zona del sacacorchos, cayó golpeando con la cara contra la nieve y acabó embistiendo las redes de seguridad.

Aquel accidente le provocó severos daños en el lado izquierdo del cerebro y lo sumió en coma durante tres semanas. Los médicos no esperaban que viviría y mucho menos que volviera a caminar, pero contra todo pronóstico despertó y aún pudo conducir. Ocho meses más tarde, para asombro de todo el mundo, incluso volvía a esquiar.

Aunque ya nunca volvió a ser el mismo. Para más desgracia, con 53 años de edad, fue hospitalizado en cuidados intensivos mientras los médicos intentaron sin éxito encontrar la fuente de infección letal que atacó a todos sus órganos principales.

Treinta años después de su gesta olímpica, aquel rebelde callejero reconvertido en el esquiador más veloz del mundo, necesitaba de la ayuda de una máquina para vivir. Su estado fue empeorando hasta que su familia decidió renunciar a la asistencia mecánica. Su hazaña histórica para el esquí de Estados Unidos se sigue rememorando hoy día y Bill Johnson siempre será recordado como una leyenda en su país.