Valle de Aragón: Astún y Candanchú

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Astún y Candanchú emergen de las montañas que cierran por el flanco norte el angosto valle del Aragón y forman una impresionante muralla natural. Abrazan por ambos lados el puerto de Somport y marcan la frontera con Francia.

Además de sumar más de 100 kilómetros, la orografía de sus pistas delata una impronta alpina, rica en conocimiento y cultura del esquí desde que este hizo acto de presencia en la Península.

Ahora que ya han llegado las primeras nevadas importantes de la temporada, os presentamos Astún y Candanchú, las estaciones del Valle de Aragón que os encantará visitar.

Visitar el valle del Aragón y no entretenerse en Jaca, la capital de la comarca de La Jacetania, es un pecado. Y nosotros pecamos, porque aunque conocíamos de sus muchos atractivos (visitar la catedral románica y la Ciudadela –declarada monumento artístico–, ver un partido de hockey del Club de Hielo Jaca o degustar el ternasco de Aragón en alguno de sus magníficos restaurantes), pasamos de largo.

También hicimos caso omiso de la parada obligada en la Estación Internacional de Canfranc, que se inauguró en 1928 y fue declarada en el año 2002 Bien de Interés Cultural. Y te aseguro a ti, lector que gastas unos minutos de tu vida en entretenerte leyendo este texto (salvo que la manzana del deseo que son las hermosas imágenes que adornan este artículo te hayan apartado de él y ya no estés en estas líneas), que nos hubiese encantado pasear y deleitarnos con todas estas maravillas jacetanas.

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Sin embargo, el tiempo es oro y dueño intransigente de agendas saturadas. Estábamos a finales de enero y teníamos tres días para conocer en profundidad dos estaciones de esquí de un tamaño considerable y un fuera-pista aún más extenso, para poder traéroslos aquí y presentároslos.

Esta tarea habría sido inabordable si no hubiésemos contado con la inestimable colaboración de Pat Gordo, local y tester del equipo de Solo Nieve, y con la ayuda del personal de ambos dominios, que atendieron cada una de nuestras peticiones con la mejor de sus sonrisas y eficacia a la altura de los suizos.

Placeres fuera de pistas

Como es habitual, llegamos a destino cuando las montañas esconden el sol tras sus muros, dejan que el aire frío envuelva sus laderas y las pistas de esquí se iluminan por luciérnagas con forma de pisanieves. El mercurio señalaba que estábamos a dos grados bajo cero y un dedo de nieve fresca pintaba de blanco el pueblo.

Nos alojamos en el hotel Tobazo, en Candanchú. Un establecimiento con aire clásico de montaña, pero que recientemente se restauró y ofrece unas habitaciones amplias, con espacios comunes donde relajarse después de esquiar. Cenamos un potaje de garbanzos y un salmón a la plancha, regado con un tinto de Rioja.

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Con las pilas cargadas y habiendo planificado el primer día de esquí en Astún, nos fuimos a dormir, no sin antes preparar todos los enseres necesarios para el día siguiente.

Los primeros momentos del día fueron intensos porque un ejército de escolares se adueñó de la máquina de cafés (que también servía chocolate caliente) y tuvimos que emplear toda nuestra inventiva para poder desayunar sin perder la mañana en el bufet. Escena que se repetiría los días siguientes pese a nuestros intentos de llegar los primeros a desayunar.

Astún, modo on

De camino a Astún, a escasos tres kilómetros, la jornada tenía todos los ingredientes para cocinar un día espectacular. Temperatura de -8ºC, sol radiante y una estación increíble por estrenar. Nos reunimos con la jabata Pat y empezamos a devorar todas y cada una de las pistas.

El fresado inmaculado nos ofrecía un grip perfecto y la nieve mantequilla absorbía suavemente el arqueo de los esquís, haciendo que obedeciesen como un soldado norcoreano.

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No dejamos ningún remonte por probar, como el telesilla Cima-Raca, que asciende hasta los 2.300 metros de altura y da acceso a pistas rojas con una pendiente progresiva, que en sus puntos más pronunciados obliga a trabajar la curva con apoyos sólidos y buena angulación; o Truchas, que te lleva hasta el Ibón de Astún, a los pies del pico Malacara y te ofrece un freeride divertido junto a largas pistas azules. El espacio es muy amplio y lo presiden el Midi d’Ossau, el Balaitús y los picos del Inferno y el Anayet, que forman un marco de película.

Tras un montón de curvas por pistas de diferente carácter, fuimos a cambiar de material. El patín de 70 mm dio paso a anchuras de 100 mm, cargamos las mochilas con el equipo de seguridad (si bien el riesgo de avalancha se situaba en 2, portar el ARVA, la pala y la sonda debe ser una obligación de cualquier jornada de esquí fuera-pista) y recogimos de muy buen grado unos copiosos pícnics que nos facilitó la estación. Bebimos y comimos montados en los telesillas, porque no queríamos perder un segundo.

Astún, modo off

Teníamos curiosidad por esquiar la ladera de formas sinuosas que desciende desde la Raca y muere en la carretera, en la que tienen cabida cascadas de hielo y corredores de diferentes tamaños que dibujan multitud de líneas verticales, con pendientes que llegan a los 45 grados.

Disfrutamos como enanos siguiendo a Pat, nuestra anfitriona freerdier, por todos los rincones que ella ha disfrutado y disfrutará millones de veces, mientras un majestuoso quebrantahuesos nos contemplaba impasible y el ruido ensordecedor de un helicóptero del Ejército de doble aspa hacía retumbar las entrañas de las propias montañas.

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Si lo que quieres es realizar este tipo de descensos, lo primero que debes hacer es no subestimar la naturaleza, ser sincero con tus habilidades e ir acompañado de un guía y/o experto que, además, habrá previsto el retorno desde la carretera.

Nosotros contamos con la ayuda de Roberto Areche, del equipo de Astún, que nos recogió y retornó a la base de la estación para que siguiésemos explorando las faldas del Ibón de Escalar hasta última hora.

De vuelta a Candanchú no podía quitarme de la cabeza la cantidad de kilómetros recorridos por las múltiples y variadas pistas, de fresado inmaculado, que trazan recorridos divertidos por todo el circo glacial de Astún. Pero si hay algo que me gustaría repetir, es poder bajar desde Raca por Ruso, Soledades, Gases o cualquiera de los tubos que llegan a la carretera con nieve reciente y seca… sin que el viento caprichoso mueva a su antojo la nieve y te obligue a buscarla allá donde la lleve.

La tarde agonizaba cuando llegamos al hotel Tobazo. Después de una ducha reconfortante, hicimos tiempo revisando el material fotográfico de Txema que, como siempre, nos dejó boquiabiertos. Cenamos como jabatos mientras estudiábamos el mapa de pistas de Candanchú, decidíamos itinerarios y reíamos recordando anécdotas.

Candanchú, intenso como el café

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El despertar vino marcado por el mismo guion: lucha encarnizada por hacerse un hueco en la máquina de café/chocolate y en el buffet de embutidos y dulces. Obvio remarcar que salimos perdedores del duelo, aunque no pudimos reírnos más con las ocurrencias de esos cuerpos diminutos dominados por hormonas y cándidas ilusiones.

El día era frío, muy frío (-8ºC), y las sombras reinaban en la zona de Pista Grande, la base de la estación. Rápidamente nos dirigimos al sector de La Tuca y dejamos que los cantos cortasen las pistas, dibujando millones de curvas.

La estampa recuerda a Dolomitas, con los picos del Aspe y Sombrero coronándolo todo. Las pistas son reviradas, con muros consistentes, anchuras diversas y recorren la orografía de las montañas con trazados sinuosos.

Uno puede repetirlas mil veces y esquiarlas cada vez como si fuese la primera, escogiendo trayectorias diferentes en sus muchos cambios de inclinación. Acabamos la mañana esquiando la zona de Tobazo y comprobando por qué estas exigentes laderas han forjado grandes esquiadores.

Cuando las fuerzas flaqueaban, tras acumular metros de desnivel forzando la angulación al final de cada curva, aprovechamos para descansar y comer en Pista Grande. La comida y el calor que irradiaba el gran ventanal nos inyectaron un chute de energía que nos permitió esquiar otra vez como si fuesen de nuevo las 9.00 h de la mañana.

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Y falta nos hizo…  porque nuestra guía Pat tenía reservados un par de descensos preciosos que partían de Tuca Blanca, a 2.400 metros, y bordeaban el valle por angostos corredores y palas abiertas hasta el circuito de fondo.

Un recorrido precioso que huye del gentío, en el que el silencio abrumador de la naturaleza hace que goces de cada curva de nieve polvo y te ayuda a concentrarte en no fallar el apoyo en las partes escarpadas.

De colofón, dejamos la bajada de la Zapatilla para el final. A ultimísima hora del día, el mítico y famoso tubo de Candanchú estaba en unas condiciones de nieve dura compactada. De hecho, estaba bastante dura. Mejor dicho: era digna de un estadio de competición. Lo esquiamos ligeros siguiendo la estela de Pat, que se marcó unas curvas de supergigante a mil por hora recordando su pasado como corredora de esquí alpino.

Dos dominios, misma esencia

Las estaciones del valle del Aragón, Astún y Candanchú, forman un complejo esquiable de grandes dimensiones, por lo que es muy recomendable contar con la ayuda de un esquiador local o contratar los servicios de un profesor o guía que nos lleve más allá de lo que se ve.

De este modo no perderás el tiempo en busca de las mejores pistas o condiciones; además el terreno es exigente y evitarás situaciones comprometidas. En nuestro caso tuvimos el tiempo justo para disfrutar lo esencial de ambos dominios, pero si puedes dedicarle un mínimo de tres días a cada una de ellas, empezarás a conocer sus exquisitos matices.

¡Y no olvides visitar Jaca y Canfranc! Estando a escasos kilómetros, es una lástima no imbuirse de la cultura jacetana que ha marcado el carácter y el ánimo de una población orgullosa de sus orígenes.

Nosotros no lo hicimos, ya tenemos una excusa para volver.

Texto de: Edu Carrera
Fotos: Txema Trull

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Tang Chao
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¡¡Qué pasada, dan unas ganas de ir!! Que tendrán estas montañas nevadas… Son como un imán. 😍

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