Jugando con fuego

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No hacía mucho que Sam había visto un vídeo de gente esquiando sobre cenizas y se le encendió la bombilla. “Al igual que yo, Xav solo piensa en viajar y explorar nuevos lugares, buscando destinos exóticos donde esquiar o surfear. Hablamos de ello y empezamos a dar forma a un disparatado viaje, un sueño imposible: esquiar en un volcán, en una recóndita isla de las Antípodas. Así que preparamos un plan con el objetivo de convencer a The North Face, nuestro sponsor. Todavía no sé cómo lo hicimos…”.

Viaje al fin del mundo

La República de Vanuatu es un remoto sistema de 83 islas ubicado en el Pacífico sur, a unos 1.750 km al este de Australia. Incluso desde la más cercana Nueva Zelanda es complicado llegar a Vanuatu, con pocos vuelos en los que meter los esquís en dirección a Tanna.

Esta es la sexta isla por tamaño (40 x 19 km), está ubicada al sur del archipiélago, y es el destino de la loca idea de Sam y Xavier: el monte Yasur, de 361 m, el volcán activo más accesible del mundo. No os engañéis, es un viaje complicado y caro. Sin embargo, “cuando desde el interior de la pequeña Cessna que me llevaba a través de las nubes pude divisar la isla recortada en el azul del mar, supe que lo habíamos clavado”.

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La logística fue compleja y requirió un esfuerzo extra por parte de todos. Xavier y Beanie de le Rue llevaban un montón de equipamiento. Will y Jase, de la productora CoLab Creative, invirtieron mucho tiempo en la preparación del equipo de filmación, la obtención de los permisos y demás. Victor (de le Rue) era el que aparentemente lo tenía más fácil: solo tenía que llegar a Vanuatu desde Escocia. Pero su viaje se convirtió en una complicada misión para conseguir recuperar el equipo de su hermano, que se había perdido en la ruta hacia las Antípodas.

Smoothy voló una semana antes, para buscar buenas localizaciones, organizar el alojamiento y resolver los problemas que se pudieran presentar. La pequeña isla de Tanna es increíblemente bella y virgen. La vegetación es exuberante, muy verde, y crece con desmedida agresividad. Pero alrededor del volcán deja lugar a una fina capa de ceniza que lo cubre todo.

“Tuve la sensación de adentrarme en un mundo perdido, especialmente cuando penetramos en la jungla, donde pasamos mucho tiempo. Iba sentado en la parte trasera de nuestra pick-up y, cuando salimos de la vegetación, ahí estaba: esa enorme y negra pila inerte, sobresaliendo de la llanura cubierta de ceniza y escupiendo al cielo nubes de polvo y roca. Era realmente intimidante y confirmaba que, tal y como suponíamos, la aventura no iba a ser fácil”.

Freeriding en las puertas del infierno

Los equipos de Xav y de Victor se habían extraviado en el viaje y, mientras sus dueños se peleaban por recuperarlos, Sam llevaba días en la isla. Así que, una vez organizado todo, hizo una primera ascensión al Yasur. “El viento aullaba a mi alrededor y dificultaba mi progresión”. Además el volcán estaba en un pico de actividad, cosa de la que no se enteraron hasta que fue demasiado tarde para cambiar los planes.

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“Antes de la primera bajada, la verdad es que estaba bastante nervioso, pero con muchas ganas. Estaba preocupado porque volaban rocas incandescentes, lo que podía complicarme de verdad las cosas…”.

Finalmente Sam llegó al borde del cráter: “Me sentí en un lugar de otro mundo, observando esa violenta belleza en su interior. Me giré, me calcé los esquís y sin perder más tiempo me alejé montaña abajo. Fue una experiencia irreal, como si estuviera haciendo algo que no deberíamos hacer. Lo último que te imaginarías. Los esquís no deslizan como en la nieve, es una actividad muy física y tienes todo el cuerpo en tensión. Y luego está el entorno, el lado mental de la situación, escuchando cómo el volcán explota y cobra vida”.

Cerca de la cima el suelo retumbaba y llovía ceniza, que el viento lleva de un lado a otro. “Mientras, intentas controlar que ninguna roca te golpee. Es una especie de escenario bíblico”.

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No es como la nieve, pero…

Lamentablemente las sensaciones no se acercan ni de lejos a las de la nieve, pero podría servir como solución para el cambio climático. Todo ocurre más despacio, hay que andar con cuidado para no engancharse con los cantos y está la preocupación añadida de esquivar las rocas. Pero según los protagonistas, las sensaciones son parecidas a esquiar. “Lo que más se nota es el rozamiento de la suela. Era realmente duro físicamente, las piernas arden mientras intentas mantenerlo todo bajo control. A mitad de bajada mis muslos ardían y gritaban para que me parase”.

Xav era el que tenía más dificultades y tuvo varias caídas. Su tabla apenas deslizaba y se enganchaba constantemente. “Pero se mantenía on fire, estamos hablando de Xavier de le Rue y sabemos que es un pit bull”, afirma Sam.

En cambio, Victor se encontró más a gusto. En su viaje desde Escocia perdió varios vuelos, encontró el equipo extraviado de Xavier, se buscó la vida para llegar a aquel lugar en el fin del mundo y nada más aterrizar le hicieron subirse a la camioneta para calzarse la tabla inmediatamente, en este loco y explosivo escenario. Todo el grupo estaba sorprendido con su performance.

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El equipamiento también era algo diferente. En el caso de Smoothy, un Buff tapándole la cara (Xav prefirió una máscara antigas), su casco y máscara Giro negras, una camiseta hawaiana rosa y amarilla y sus fieles pantalones naranja Freethinker con peto de The North Face. En los pies, unos Völkl One, ya que pensó que su perfil rocker funcionaría mejor sobre la ceniza. Preguntado por sus conclusiones… no hubo conclusiones más allá de que el equipo, no solo el de esquiar, quedó todo hecho polvo.

La ceniza, tremendamente abrasiva, se comió la suela de los esquís hasta dejar al descubierto el núcleo, dejándolos completamente inservibles. Las gafas también quedaron arruinadas, con las lentes rayadas por la ceniza que levantaba el viento.

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El equipo de filmación no lo pasó mejor, empezando por que los drones apenas podían volar en ese ambiente de nubes tóxicas. La peor parte se la llevaron las cámaras: lentes rayadas, objetivos agarrotados… el abrasivo polvo volcánico se metía por todos lados, destrozando el equipo.

Conviviendo con los locales

Pero la estancia en Vanuatu no solo fue esquiar y padecer la ira de Vulcano. Durante esos días la expedición conoció a una auténtica leyenda local, se llamaba Fred y estaba construyendo un camping en la jungla, sobre una colina, con vistas a la llanura volcánica.

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Lo convencieron para instalarse en su camping y, aunque al principio se mostró reticente, luego la convivencia fue fantástica. Les ayudó con todo lo que necesitaron y se mostró tremendamente hospitalario. Su ayuda fue inestimable.

Fred está trabajando realmente duro para tirar adelante su camping, Yassur Roaring, un lugar donde la gente que lo visite disfrutará mucho.

En un principio, el grupo planificó un par de noches en casa de Fred, pero al final estuvieron casi todo el tiempo que duró el viaje. “Tenía a toda su familia con él. Su madre nos hacía unos platos deliciosos con ingredientes frescos de la jungla y su hijo Frankie era un trasto encantador. Nos acompañaba a todos lados, incluso cuando nos dirigíamos hacia el volcán nos seguía ¡a pies descalzos! Enredaba con nuestras cosas, se calzaba las botas… nos hacía la vida muy divertida. Cuando nos fuimos tenía los ojos llorosos y nos sentimos muy tristes. De verdad que me gustaría regresar a Tanna sólo para volver al camping de Fred a estar con él y con su familia”.

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Contemplar cómo el volcán escupía lava cada noche, desde la pequeña cabaña que Fred había construido como comedor, era algo fascinante, en el sentido más literal de la palabra. Parecía que el tiempo se detenía contemplando tan maravilloso espectáculo.

“La mejor comida de mi vida”

Smoothy pasó los primeros días en la isla de Tanna completamente solo. Bueno, no exactamente.

Me instalé con la tienda en una playa que resultó ser propiedad de un nativo, Chief Jack. Un día se acercó y me preguntó si tenía algo para desayunar, porque se dio cuenta de que me había quedado sin víveres”. Se encaramó a un árbol que había junto a mi tienda y cogió unos cuantos frutos, una especie de aguacates que tenía el árbol. “Me enseñó cómo partirlos con un machete, para comer el interior”.

Después cogió su equipo casero de submarinismo, una especie de arpón de acero con mango de goma y se metió en el agua. “Al cabo de un buen rato regresó con un enorme pulpo enroscado en el brazo”. Entonces vino lo mejor: pinchó el pulpo en un extremo de un bambú, junto con algunas hojas verdes, organizó un fuego y lo puso todo en las brasas. Por otro lado desenterró una especie de patatas dulces y también las lanzó a las brasas. Y recogió un coco que había por ahí cerca. “Me sentí como si estuviera en un jardín botánico”, afirma Sam.

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Entonces se acercaron algunos amigos suyos, que compartieron con ellos cigarrillos hechos con papel normal envolviendo unas hojas de algo que se parecía a tabaco. “La verdad es que no entendía mucho de su rudimentario inglés, pero nos sentamos, comimos, fumamos e hicimos una fiesta alrededor de la que ha sido una de las mejores comidas de mi vida”.

El freerider neozelandés vivió una experiencia vital en compañía de esos tipos tan divertidos, explicando historias incomprensibles de otros lugareños que intentaban sin éxito subir a un enorme cerdo en una pequeña canoa, con intención de trasladarlo a otra isla cercana. “Parece que embarrancaron en un arrecife nada mas salir y se fue todo a pique…”.

Lo dicho, la mejor comida de su vida.

Fotos: The North Face

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